MATAR A UNA PUTA SINDICALISTA

¿Qué pasó el 27 de enero de 2004?

Sandra Cabrera estuvo en la zona de la Terminal de Ómnibus desde la noche del 26 hasta la madrugada del día siguiente. En esas horas la vieron desde una quiosquera, una compañera de trabajo, varios testigos, hasta el principal sospechoso del crimen.

El 27 de enero de 2004 hizo calor desde el primer minuto del día. Esa madrugada, más de un rosarino durmió en el patio de su casa o se asomó a la terraza a buscar algo de aire fresco; más de una se tiró a la pileta o se encerró en alguna de las pocas habitaciones de su casa con aire acondicionado. Sandra Cabrera, trabajadora sexual y dirigente gremial de las putas, le prestó un ventilador a un amigo taxista. Recorrieron parte de la ciudad en auto para que la mujer de él pudiera pasar mejor la noche. Un par de veces, Marisa había hecho unos sandwiches para las reuniones del sindicato. No estaba mal retribuirles. 

Esa noche, como hacía varios cientos de noches, Sandra Cabrera estaba enamorada de un agente de Drogas Peligrosas de la Policía Federal. No habló de él en el viaje en taxi. Sandra y el policía, sin embargo, se habían visto el 26 a la tardecita. Él le dio unos pesos para sus vacaciones y le dijo que esa noche no saliera a trabajar. Al otro día, ella se iba en carpa al Cosquín Rock con una amiga. Estaba entusiasmada. Antes de despedirse, el federal y la sindicalista tuvieron relaciones sexuales. 

Un par de horas más tarde, y después de prestarle el ventilador a su amigo, Sandra se paró en la esquina de trabajo, la de San Lorenzo y Quintanilla. Estaba con una  amiga, compañera de esquina y de vacaciones. Se habían apoyado en una columna, dándose la espalda. Eran eso de las 03.30 cuando un tipo se le acercó. 

—Ya vengo le dijo Sandra, y se fueron caminando para el lado de Iriondo. 

La amiga declaró varias veces que no le vio la cara al supuesto cliente. Hace poco menos de veinte años que no se sabe nada de ella. 

Un par de días más tarde, después de esa noche infernal, la kiosquera de la esquina de Cafferata y San Lorenzo dijo que esa noche Sandra se fue con el de Drogas Peligrosas. Que estaban charlando y ella le dijo “ahí está Él”, y se fue. Eran eso de las 05.30. La kiosquera fue la última que la vio viva. 

La primera autopsia tiró un horario: la mataron entre las dos  y las cinco de la mañana. Recién a las 08.15 se registró el primer llamado denunciando un cuerpo en la puerta de una casa. El aviso lo dio una policía que volvía caminando a su casa después del turno en la Comisaría del barrio. Ella no vio el cadáver: unos albañiles que trabajaban en esa cuadra lo habían encontrado y la llamaron agitando el brazo. Antes de comunicarse con la  seccional, la oficial le pidió una toalla al dueño de la casa y la tapó. 

El cuerpo de Sandra Cabrera estaba a pocas cuadras de la esquina donde trabajaba, en la zona de la Terminal de Ómnibus de Rosario. Boca arriba, con los pantalones y la bombacha bajos, tenía un tiro en la nunca. En la escena había un envoltorio de preservativo Camaleón. Nadie barajó la posibilidad de que la haya matado un cliente después de un pase. La certeza se expandió como la noticia de su muerte: a Sandra la había matado la Policía. 

Las compañeras de lucha y militancia se encontraron ese mismo día en el lugar donde iban a buscar a Sandra: el sindicato. Mientras en una zona de Rosario arrancaban los peritajes, en otra comenzaba la organización. Hubo una asamblea en ATE, donde funcionaba Ammar. Y unos días después hubo una marcha. Eran un montón. Cuadras y cuadras de militantes de todo el país,e incluso de otros países,  que sabían que comenzaba la larga peregrinación del pedido de justicia. Pasaron casi 20 años y todavía no se sabe quién la mató. 

La causa por el homicidio de Sandra Cabrera puede resumirse en miles de fojas y diez cuerpos. Fotocopias mal hechas, páginas inentendibles pasadas a mano, otro tanto hechas en máquina de escribir y computadoras. Es un testimonio de las burocracias judiciales y policiales. De la marginalidad, el abuso de poder, las relaciones personales. También del miedo y la ternura de la época. 

En la causa hubo un detenido e imputado por unos meses: Él. Después, de a poco, fue olvidándose. Las que la sostienen se acuerdan de Sandra  cada 27 de enero. Del pelo enrulado, el carácter, la violencia. Vuelven a escribir: no hay culpables, no hay justicia. El calor infernal es una de las pocas certezas que hay de esa noche. La otra es que a Sandra Cabrera la mataron. Se sabe que fue La Policía: ese ente un tanto fantasmal que va desde las seccionales barriales hasta estructuras nacionales, nombres propios y un accionar sistemático de violencia institucional. A Sandra la mató La Policía: alguien y todo eso. 

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